lunes, 1 de julio de 2013

Los ciclos, la historia y el fin del mundo

Si lo ponemos en relación con el alfabeto, cualquier proceso comienza en alfa, con todas sus posibilidades intactas, y las desarrolla a medida que avanza por beta, delta, ómicron y cualquier otra letra hasta omega, la última. Llegado a este punto, las posibilidades que comenzaron a desplegarse en alfa están agotadas y el proceso ya no puede proceder, está concluido, terminado.


En el inicio de un ciclo, así una vida como una civilización, así un año como el despliegue y repliegue de todo el universo, la esencia influye sobre la sustancia para dar lugar al ser del que se trate.


Así, cuando nace un niño contiene en sí todas sus posibilidades y por eso es objeto de expectativas que no genera un anciano. Pero a medida que crece, va perfilando algunas cualidades que necesariamente excluyen otras. Elige, (con frecuencia otros eligen por él), y va tomando características cada vez más definidas. Al llegar al fin de su vida, ya ha expuesto cuanto había de virtual o potencial en el inicio, nada más puede dar de sí mientras llega la muerte. El profesor norteamericano Norman Brown pensaba que nuestra civilización había concluido su proceso, estaba agotada, ya había dado de sí cuanto podía: “El espíritu no da más”. Y entiende que solo un misterio puede operar el milagro de la resurrección. El misterio para Brown, que se mantiene en los modos de pensamiento propios de algunas religiones, puede entenderse como el conjunto de posibilidades iniciales que se desarrollan a lo largo de los siglos, que están “in noce”, desconocidas para nosotros porque se revelarán solo a lo largo del tiempo, hasta que su progresivo desvelamiento haga de ellas lo contrario de un misterio: algo cotidiano, vulgar, desencantado, profano, tranquilizador. Estaríamos otra vez, como Brown creía que acontece ahora, en una situación en que ningún desarrollo significativo se puede esperar mientras llega el final.



El germen de un gran árbol no es un proyecto de árbol, ni un árbol en pequeño. Es mayor, a pesar de su tamaño, que el árbol en cualquier momento que lo consideremos, porque contiene en sí todos los momentos, desde el tierno retoño hasta el enorme ejemplar viejo, de recio tronco retorcido, casi sin hojas. En el inicio de un ciclo, así una vida como una civilización, así un año como el despliegue y repliegue de todo el universo, la esencia influye sobre la sustancia para dar lugar al ser del que se trate. Al comienzo, éste se mantiene próximo a la esencia y alejado de la sustancia; pero luego se hace evidente el proceso necesario que observamos en todas las cosas: aparecer, permanecer, desaparecer, destino común a todo lo que está sujeto al devenir. Se produce un progresivo alejamiento de la esencia, de la calidad, y una paulatina aproximación a la sustancia, a la materia prima, a la cantidad. Llegado a cierto punto, ya no queda noción de la calidad, todo se vuelve cuantitativo. Una imagen de este proceso puede ser una nave que parta del sol y se aleje indefinidamente de él: tras los momentos iniciales en que todo es luz, va penetrando las tinieblas hasta perder de vista el punto de partida.

 El hinduismo sostiene que nuestra humanidad actual, a partir de su momento inicial, aquel que los griegos llamaron “edad de oro”, se viene alejando cada vez más de los principios esenciales que le dieron origen, padece un “oscurecimiento” progresivo en este último período, el “kali yuga”, o edad oscura, del que la decadencia de las ideas y del arte, junto con el correlativo avance técnico, son un indicio. Heidegger aludía a un proceso similar cuando hablaba del “oscurecimiento del Ser”. Cualquier avance cuantitativo, como aquellos de índole técnica a que nos tiene acostumbrado el “progreso”, nos acerca al final del ciclo. En cambio cualquier avance cualitativo frena el proceso y lo demora. No hay posibilidad de comparación alguna entre ambos hechos. Lo que se gana con el progreso técnico es incomparablemente menos valioso que lo que se pierde por disminución de la calidad. A lo largo de este camino, ineludible porque es necesario para cada ciclo, negamos los principios esenciales, la posibilidad de conocer más allá de los sentidos y de la técnica que es su prolongación artificial, y terminamos ignorando nuestro ser esencial hasta encontrarnos en un callejón sin salida. En el punto donde todas las posibilidades del ciclo están ya manifestadas, el proceso termina y todo revierte a los orígenes para dar comienzo a otro ciclo, homólogo pero no igual al anterior.

fuente y credito a aimdigital